La Huella y la Palabra

Epílogo

Escrito por lahuellaylapalabra 19-05-2011 en General. Comentarios (0)

Epílogo

 

 

 

He llegado al final del trabajo que me fue encomendado; al final del camino que yo mismo elegí. Aun resuenan en mi cerebro sus últimas palabras: “si lo que escribes sirve de consuelo al más pequeño de tus hermanos, tu deuda estará saldada, y tu misión cumplida”.

Mis compañeros y yo elegimos tres caminos de los muchos que llevan a Dios. El mío —que es realmente el más fácil de los tres—, se divide al mismo tiempo en tres partes:

Primero, debo contar, compartir una experiencia única, que sólo unos pocos privilegiados hemos podido experimentar, y que ha cambiado mi percepción  de la realidad de una manera rotunda. Una experiencia personal cuya impronta en mi alma perdurará hasta el último de mis días.

Segundo, he de transmitir el mensaje de que aun en mitad de guerras, enfermedades y calamidades de la humanidad, o en medio del dolor y la soledad de cada uno de nosotros, Dios sabe lo que hace, que nada ocurre al azar, que la muerte no es sino el comienzo de algo mucho más maravilloso que cualquier clase de felicidad efímera y material que uno pudiera sentir aquí en la Tierra.

Y tercero, poder gritar a los cuatro vientos que el Hijo de Dios sigue entre nosotros, que ahora, en este instante quizá esté en una estación de buses, tal vez atravesando un bosque, o sentado en un banco de cualquier parque del mundo, alimentando a los gorriones. O quizá conversando sobre la obra del Padre con nuevos discípulos, viejos amigos, como Ibrahim, o trabajando en silencio en cualquier mina, barco pesquero o fábrica. Y por supuesto, ayudando a morir a quienes recuerdan su Nombre. Transmitiendo el mensaje de amor y esperanza de nuestro Creador.

Dicho esto, queda este libro para que hable por sí solo, para que sus páginas, sus frases y sus palabras hablen, canten, griten a los cuatro puntos cardinales el más maravilloso canto a la Vida, a la Creación y al Dios de todos los hombres, que aunque calla, observa a cada una de sus criaturas, esperando el día en que nos reunamos con Él.

Porque nada de lo que ocurre le es ajeno al Dios de los hombres. No estamos solos en nuestro dolor, en nuestro llanto, en nuestra desesperación.

Aunque no lo veamos, aunque no lo sintamos, aunque no lo conozcamos, Él siempre está.

Porque la muerte no es el final, sino el comienzo de la Verdadera Vida, y hacia allí vamos.

 

 

La Paúl. 3 de noviembre de 2008.

 

 

Capítulo XX. Yo

Escrito por lahuellaylapalabra 19-05-2011 en General. Comentarios (0)

Capítulo XX

Yo

 

 

 

Tal como al principio, volví a quedarme solo con Jesús, pero esta vez ya no vendrían nuevos compañeros. O mejor dicho, llegarían otros discípulos, pero ya no estaría yo junto a Él.

La ausencia de Manfred y Nini me producía la sensación de estar retrasando mi partida por no saber aun cuál era el tercer camino, aquel que me estaba determinado recorrer. Pero durante ese día, Jesús me habló, igual que lo había hecho la víspera de la partida de cada uno de mis compañeros, cuando se solía ausentar para hablar con ellos. Me ayudaría a encontrar mi ruta.

Pasé aquel día conversando, reflexionando, haciendo una especie de balance de ese viaje. Sin darme completamente cuenta, pero yo mismo estaba preparando mi despedida.

Hablamos de los discípulos que compartieron un trecho del camino antes de que mis amigos y yo apareciésemos, y de los que después vendrían. Me contó que no todos habían experimentado cambios radicales en sus vidas, porque algunos de ellos ya eran personas muy evolucionadas espiritualmente, cuyas vidas se encontraban encauzadas desde hacía tiempo.

Me habló de aquellas luces anónimas que en la noche brillan aquí en la Tierra, y que son observadas desde el firmamento. No todos habían pasado temporadas siguiendo sus pasos, como nosotros.

Recordó la pareja de ancianos que conocimos, a los cuales Él solía visitar desde hacía años. Uno de ellos había dejado ya su cuerpo en este valle de lágrimas y en breve el otro acudiría a su encuentro. No estarían solos, como tampoco están solos aquellos que invocan su Santo Nombre en el momento más duro de nuestras vidas, aquel en que debemos morir aquí para nacer allí.

Me habló también de toda la sangre que aun queda por derramar injustamente en este mundo, de las lágrimas que aun vendrán, de los sacrificios inútiles y de la eterna lucha del Bien contra el Mal.

Hablamos sobre el verdadero Amor, el que purifica las almas, el que redime, que libera; el Amor que nos salva, incluso sin necesidad de creer en Dios, ni en otra vida después de esta.

Conversamos acerca de la inutilidad del trabajo que sólo persigue el bienestar propio, de todos los pecados capitales, que no son siete, sino más, y que en pequeñas dosis no tendrían gran importancia, pero cuando se intensifican y producen efectos negativos en uno mismo y en el prójimo, son muy tenidos en cuenta por Dios. Me habló de esos y tantos otros pecados habituales, que pasan desapercibidos y que son tolerados, aceptados e incluso aplaudidos entre nosotros, sin saber que nada de lo que hacemos cae en el olvido, aunque nosotros lo olvidemos.

Charlamos sobre el daño que hacen la vanidad, la mezquindad, la arrogancia, el despilfarro, la morbosidad, la insensibilidad, la burla, el engaño y la mentira, el rencor, la venganza, los prejuicios, el chismorreo, la competitividad y tantas otras formas de convertir en un infierno la vida de un ser humano, que no son sino influencias de ese enemigo invisible que más libre actúa cuanto menos creemos en él.

También me habló Jesús sobre la muerte y de la importancia de pedir a Dios ayuda en el momento supremo de nuestra partida de este mundo.

Durante todo el día anduvimos paseando y dialogando. Ya por la noche, hice lo que se había convertido en una especie de tradición iniciada por Manfred y seguida por Nini: invité al Maestro a cenar en un restaurante pequeño y tranquilo. Una vez hubimos dado cuenta de la sencilla cena, pedí al camarero dos copitas de moscatel.

Me retiré pronto a mi habitación. No quise pensar más, aunque seguía sin comprender cuál sería ese misterioso tercer camino que me aguardaba y caí rendido por el cansancio de la caminata del día en la certeza de que no habría de despedirme de mi Maestro sin antes descubrirlo.

 

A la mañana siguiente, con el alba, se filtró un rayo de luz por la habitación y mi mente semidormida aun enseguida se fijó en el primer pensamiento del día: no sabía aun qué debía hacer con mi vida. Sin embargo, no me alarmé. Sólo pensé que Jesús sería indulgente con mi torpeza y si yo no lo averiguaba, Él me lo diría.

Después de tomar el que sería mi último desayuno junto al Maestro —puesto que yo sentía en mi interior que había llegado el final de esa etapa—, fue cuando sentí por primera vez el miedo a irme sin saber lo que debía saber.

preparé todas mis cosas, salí a la puerta del hospedaje y encontré a Jesús con una inmensa sonrisa que me miraba fijamente:

—Aun no sabes cuál es tu cometido, pero sabes que debes irte hoy, que debes ponerte en marcha cuanto antes...

—¿Pero cómo puedo ser tan torpe?

—Millones de personas en este mundo pasan su vida buscando el sentido de la existencia sin encontrarlo. Tú lo tienes frente a ti, pero sigues sin verlo. No debes preocuparte por no saberlo. Alégrate de tener la certeza de que tu camino, sea cual sea, te está esperando.

Nos acercamos a un mirador desde el que se divisaba el enorme valle salpicado de grisáceas construcciones con sus chimeneas escupiendo humo en plena efervescencia industrial, hasta perderse en dirección de la gran ciudad que habíamos abandonado el día anterior. Al fondo, el disco naranja del Sol se elevaba lentamente sobre el sucio y contaminado cielo. Nos sentamos en silencio a contemplar el paisaje en un banco de madera.

—De repente has perdido tu seguridad —me dijo, adivinando lo que me ocurría.

—Sí. Estoy empezando a tener miedo de no saber. Por un lado tengo la certeza de que me ayudarás a descubrir mi cometido, pero por otro lado, no haberlo descubierto ya, me hace sentir que no estoy preparado. Puede que no sea el momento aun. Tengo miedo al fracaso de marcharme con tantas dudas que debía haber resuelto mientras mis compañeros ya están en sus caminos.

—Y también tienes miedo a no poder cumplir tu cometido. Tienes miedo a que Yo me decepcione de ti, y también temes descubrir que tu labor en este mundo sea más dura de lo que puedas soportar —Jesús leía mi alma más profundamente y con más claridad que yo mismo—. No te voy a pedir que te dejes crucificar boca abajo —rió mientras me puso la mano en el hombro.

Conforme el sol trepaba por el cielo y desaparecía la calima, mi angustia iba en aumento. Llegaba la hora de irme; yo sabía que debía partir aquella misma mañana y seguía sin comprender. Me estaba bloqueando. Sin embargo, el Maestro parecía divertido con la situación.

—Piensa bien.

Sentí como si se detuviera la ascensión del Sol, como si los pájaros frenaran en pleno vuelo y quedasen colgados del aire, como si todo el planeta quedara en un punto fijo. Contuve la respiración. Me miró seriamente a lo más profundo de los ojos y dijo:

—Has vivido estas semanas junto al Hijo del Hombre experiencias que han cambiado tu mente y tu alma. Has aprendido cosas que otros hombres jamás aprenderán. Has comprendido lo que muchos sabios no han podido comprender. Sin embargo, estando todo este tiempo junto al Hijo de Dios, y habiendo llegado a conocer la naturaleza de tantas cosas, has olvidado lo esencial de todo: ¿Con quién has estado todo este tiempo? Si realmente sabes quien soy Yo, ¿por qué no me pides que te ayude a encontrar tu camino? ¡Aprovecha, que estoy aquí! —estalló en una carcajada que puso en marcha todos los relojes del mundo; los pájaros prosiguieron el vuelo y el Sol recuperó su movimiento. Me revolvió el cabello con las dos manos, para despeinarme en un gesto de cariño.

«¿Crees que Manfred y Nini no me pidieron ayuda? ¿No pensaste que ellos estaban confundidos también, pero que sí se acordaron de preguntarme, de pedir que les iluminara para encontrar sus caminos?

Quedé balbuceando, sin saber qué decir, con una expresión tan desconcertada que le debía de resultar graciosísima, puesto que no paraba de reír. Al final, yo también sonreí tímidamente y poco a poco, mi risa se fue volviendo nerviosa. Nos contagiamos mutuamente y descubrí otra faceta humana de Jesús: se reía tan abiertamente, con tanto énfasis como cualquier persona. Y también le lloraban los ojos, como a mí.

Después de un buen rato de risa nerviosa, por fin nos calmamos, me miró muy seriamente, se hizo el silencio y se volvió a detener el tiempo. Posó su mano en mi hombro y se dispuso a hablar. Pero lo que hizo fue estallar en otro ataque de risa más sonora que la anterior. Le seguí casi inmediatamente y así ocurrió la escena más humorística y divertida que puedo recordar:

Al final, me dolían los músculos de la cara, la garganta y el estómago. Poco a poco logramos calmarnos.

—Mira el valle. Mira la Creación. A pesar de la inmensa belleza de la Tierra, el mundo llora. Nace un día más sin que muchos sepan lo que tú sabes. ¿Y mañana? ¿Seguirán sin conocer las palabras que alimentarían sus espíritus y que guardas en tu alma? Ve y cuenta lo que has vivido. Éste es el tercer camino; éste es tu camino: el testimonio. Ve y habla sobre la Huella y la Palabra del Hijo del Hombre, porque hay muchas almas necesitando escucharte.

Mi alma se liberaba, sentía que podía flotar, que podía abrazar al Sol, que podía volar sobre ese valle verde y gris. Sentí que podía gritar y ser escuchado. mis sienes palpitaban. Mi corazón quería salirse del pecho y desintegrarse en la atmósfera para contar tantas cosas como se agolpaban en mi interior.

Jesús se arrodilló mirando al inmenso disco naranja que aun asomaba débil en el horizonte. Le imité. Extendió los brazos en cruz y habló, o mejor dicho, oró con una voz solemne y poderosa, pero suave y llena de amor. Ésta fue la oración que brotó de sus labios:

«Bienaventurados aquellos que antes de que acabe este día llorarán, porque llegará una Eternidad sin lágrimas.

«Bienaventurados quienes hoy serán calumniados, humillados y explotados, porque verán restituida su dignidad.

«Bienaventurados quienes creen que han sido olvidados por Dios, porque su nombres perdurarán eternamente en la Casa del Padre.

«Quienes antes de que llegue esta noche, perderán sus derechos, porque ellos serán privilegiados de la Eternidad.

«Bienaventurados quienes sin creer en Mí, siembran el bien y no se detienen esperando recompensa alguna, porque ésta les llegará centuplicada.

«A quienes la vida terrenal no les alcance hasta mañana, porque antes de que amanezca habrán nacido para la Vida Eterna.

Acabado de decir esto, Jesús hizo una pausa. Después, abrió los ojos y me miró.

—Has visto y oído todo lo que debes saber. Pero mientras pasan las horas, los días, los años, otros muchos necesitan que compartas con ellos lo que no te ha sido otorgado para que lo guardes. Así pues, ve y háblales. Te están esperando.

Se incorporó y, acercándose a mí, que aun seguía arrodillado, puso su mano derecha en mi cabeza y me dijo:

—Vete y haz tu labor. Y si uno sólo, el más insignificante de tus hermanos encuentra consuelo en lo que has de contar, tu deuda con el Dios que te dio el alma, y con los padres que te dieron la vida, estará saldada. Tu misión en este mundo se habrá cumplido.

Besé sus pies. Me levanté, cogí mi macuto y me lo coloqué en la espalda. El Maestro trazó la señal de la Cruz con el dedo índice de su mano en mi frente y me di media vuelta.

Caminé sin volverme atrás. Quise hacerlo. Quise mirar por última vez al Hijo del Hombre, pero en mi corazón escuché su voz que me dijo: «Estoy contigo. Voy contigo».

 

 

Fin

Capítulo XIX: Nini

Escrito por lahuellaylapalabra 19-05-2011 en General. Comentarios (0)

Capítulo XIX

Nini

 

 

 

El mismo día en que Manfred se marchó, también nos pusimos en camino el Maestro, Nini y yo. Apenas habían pasado dos horas desde que habíamos despedido al amigo en esa misma marquesina en la que ahora nos sentábamos en silencio. En el ambiente flotaba el silencio, pero Jesús habló, y sabía qué decir.

—Muchas veces, las pequeñas lecciones de la vida no por frecuentes son menos dolorosas. La partida del ser querido es tal vez la lección más repetida, y sé que os aflige y que el vacío que sentís por Manfred es el mismo que tantas otras veces habéis sentido y sentiréis, y pensáis que jamás llegaréis a acostumbraros. Ésta es una de esas pequeñas lecciones de la vida cuya teorías son harto conocidas, y sin embargo siguen doliendo.

—Maestro, esta vida es una constante despedida —dije—.

—Y la otra vida, un constante reencuentro —me contestó mirándome a los ojos—. En la vida de las personas, siempre llega un día en el cada uno tiene más seres queridos al otro lado que a éste.

—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó Nini con un leve tono de intriga en su voz.

—Sigues preocupada por la posibilidad de no volver a ver a tu amigo. Tal vez debas preguntarte qué cosas aprendes o aceptas tal como son, y qué cosas no.

Aunque Jesús se dirigía en particular a Nini, yo sabía que también hablaba para mí.

—¿Acaso no está escrito? ¿No está ya dicho todo? —continuó—. Cuando te despidas de alguien, acuérdate de hacerlo como si no fueras a verle más, y si vuelves a encontrarle, recuerda dar gracias a tu Padre. Eso es lo que deberíais llamar vivir al día, y no otra cosa. Aun te quedan dos despedidas, Nini. Todo lo que debías aprender a mi lado, ya lo has hecho. Tan sólo te queda echar a volar en el momento en que no sientas angustia por dejar atrás a nadie...

—Va a ser duro, Maestro —dijo Nini con un hilillo de voz—. Bueno, ya lo está siendo. En cada despedida, se cierra una etapa, grande o pequeña. Hay que mirar hacia adelante. Otra etapa se abre y hay que vivirla. Eso ya lo sé, pero aun así, la nostalgia, la “saudade” por los seres queridos me puede...

—¿Cómo hizo Manfred para no sentir ese apego, para poder irse tan campante? ¿Será su naturaleza nórdica menos efusiva que la nuestra, latina?—lancé al aire el reproche que llevaba atravesado dentro de mí.

—La palabra “campante” no es la mejor para expresar lo que Manfred sentía al dejarnos —respondió Jesús—. Él aprendió lo que debía aprender, pero sabe que aun le queda por delante camino que recorrer. Quiere llegar al final; quiere cumplir su misión en esta vida y debe ponerse en marcha. Pero nadie sabe lo de nadie, por tanto no des por sabido lo que alberga su corazón, porque tú y Nini estáis dentro de él. Pensará a menudo en vosotros y siempre lo hará sonriendo, con profundo cariño. No habéis tenido ocasión de conocer hasta qué punto hubiera podido dolerle la separación si él no hubiera estado preparado para volar. Tomó la decisión cuando supo que era el momento.

—Tiene un pasado oscuro, ¿verdad? —Nini se atrevió a formular la pregunta que tantas veces nos hicimos ella y yo cuando Manfred y el Maestro se quedaban a solas conversando—. Como si hubiera algo que le pesara en el alma.

—Así es —repuso Jesús—. Me consultó sobre si debía contaros también a vosotros lo que le pasaba, y le respondí que a su debido tiempo os lo diría, porque sería bueno que lo supierais. Al principio de nuestro viaje, os dije que llegaría un momento en que cada uno de vosotros escogería uno de los tres grandes caminos para llegar al Padre, pero que no deberíais preocuparos en comprenderlo antes de que llegara el momento. Ese momento ya llegó para Manfred. Y para que comprendáis lo que os digo, es menester que os cuente qué le afligía.

—Hace unos años —continuó hablando—, sufrió un accidente de coche. De resultas, falleció una persona.

—¿Y Manfred se siente culpable? —pregunté.

—Manfred fue culpable —contestó repentinamente Nini con la mirada perdida en la nada.

—Cómo sabes tú eso? —le pregunté.

—Porque su mirada y su actitud no reflejaban algo que una sencilla terapia psicológica hubiese podido resolver. Era algo mucho más profundo. No era un sentimiento de culpa, era una certeza muy arraigada dentro de él, una angustia encerrada... una especie de deuda imposible de saldar —enfatizó.

—Así es realmente —retomó el hilo el Maestro—. Él intentó sobreponerse. Aprendió a convivir con su culpa. Vosotros habéis comprobado que no es una persona amargada, pero él siente que necesita saldar una deuda. Siente su vida prestada, o peor: robada a otra persona a causa de una tonta imprudencia. Siente que no tiene derecho a perder su tiempo, a malgastar sus días y sus noches. Por eso ha podido despedirse de vosotros con fortaleza; porque tiene cosas que hacer.

—¿También se despidió de ti con la misma fortaleza? —le pregunté.

—No se ha despedido de Mí. Yo estoy con él. También ha aprendido a llevar a Dios en su corazón, en cada paso que dé. Su alma está en Gracia, por eso no hay despedida posible. Porque adonde quiera que vaya, Yo estaré a su lado.

—¿Qué cosas tiene que hacer? —preguntó Nini.

—Uno de los caminos al Padre que ha elegido Manfred es el del sacrificio personal. Pero no un sacrificio estéril, mortificándose, flagelándose, castigándose, sino entregándose al prójimo con amor, alegría, veneración... sin medida de ninguna clase, renunciando a una vida tranquila y cómoda para dar lo mejor de sí donde y a quien haga falta.

—¿Se hará voluntario de alguna ONG?

—No ha decidido aun hacia dónde se dirigirá su labor. Pero no es necesario ser voluntario. Su elección es una opción de vida; algo mucho más intenso que trabajar unas horas al día o unas semanas al año en labores comprometidas con el prójimo. Se entregará completamente, sin reparar en la medida; dará todo lo que es, lo que tiene, lo que sabe y lo que siente... —hizo una pausa y respiró profundamente—. Incluso hasta arriesgar su vida sin temor a perderla. Hay mucho trabajo por hacer.

Sus últimas palabras resultaron inquietantes, pero ninguno de los dos discípulos nos atrevimos a indagar. Era evidente que no debíamos hacer preguntas al Maestro como si Él fuera un vidente que nos estuviera prediciendo el futuro del amigo ausente, sino que debíamos preguntar aquello que nos ayudaba a comprender.

Aquél día hablamos poco. Después de la conversación que acabo de relatar, se fueron deslizando las horas en un viaje en autobús en el que el Maestro, Nini y yo permanecimos cada cual con nuestros pensamientos.

Yo sabía que la partida de Manfred había marcado el inicio del final de nuestro viaje. No sólo era el cambio de estación con sus días más cortos y frescos lo que indicaba que aquél tiempo vivido tocaba a su fin, también se notaba que estábamos aprendiendo a decir adiós.

Durante todo el día posterior a la despedida de Manfred, Jesús y Nini pasaron varias horas hablando a solas. Presentía que ella también estaba preparando su partida.  Prudentemente, desde temprano, me fui a caminar. Me dediqué a pasear y ordenar mis pensamientos, y me reuní con ellos a la hora de la cena.

Nos sentamos a comer en un pequeño y oscuro restaurante del barrio viejo de la ciudad. Nini me miró y me dijo:

—Yo también tengo trabajo que hacer. Mañana vuelvo a casa.

No me sorprendí, porque esperaba la noticia, aunque pensé que su despedida era algo precipitada. Se lo hice saber.

—Ya he aprendido mi última lección. He aprendido a cerrar la etapa más maravillosa de mi vida con alegría. Sé que jamás volveré a vivir un tiempo como este del que además me despido voluntariamente, pero lo hago con mucha paz interior, con esperanza, con fe, y sé que toda despedida es sólo temporal. Cuando aprendas esto que Manfred supo antes que tú y que yo, verás que no hay despedida precipitada cuando sientes en tu corazón que ha llegado el momento.

Sus ojos despedían un brillo que nunca antes había visto. Eran la ternura, la serenidad y la fortaleza enlazadas en un ser que si parecía frágil por fuera, por dentro manifestaba una grandeza que ya hubiese querido yo poseer.

Pidió al camarero que nos sirviera tres copas de Remy Martín. Brindamos por su futuro, por el de Manfred, el mío y el de todos aquellos discípulos que antes y después de nosotros, compartirían el privilegio de hacer el camino junto al Maestro, siguiendo su Huella y escuchando su Palabra.

Esa noche me costó mucho conciliar el sueño. Me invadía una tristeza enorme y en vez de aceptarla, me empeñaba en tratar de comprender esa última lección. Si lo hacía, me liberaría de esa nostalgia que me mantenía con los ojos húmedos y casi haciendo pucheros.

Sin embargo, por la mañana, al abrir los ojos, el primer pensamiento que se fijó en mi mente era que debía despedirme de mi amiga y salté de la cama con cierta ilusión. Me miré en el espejo del baño de mi habitación y me pregunté en voz alta:

—¿Por qué estás tan contento? Vas a despedirte de alguien, no a recibirlo. ¿A qué viene esa sonrisa?.

Sin embargo, esa reflexión no consiguió vencer mi entusiasmo.

Bajé las escaleras de la pensión canturreando. Por primera vez era consciente de que había sido inmensamente afortunado en vivir esa experiencia que acababa de una forma hermosa, y que pronto yo dejaría mi puesto para que fuese ocupado por alguien también inmensamente afortunado que aprendería y viviría algo tan maravilloso como lo que yo había vivido. Estaba contento, muy contento y sentía ilusión por despedir a mi amiga. Pensé que estaba descubriendo la felicidad de algo que siempre asociamos con la tristeza y el vacío: la separación del ser querido.

Sentía que Nini y Manfred estarían conmigo para siempre, aunque nunca nos volviéramos a ver; aunque no nos llamáramos por teléfono ni nos escribiéramos un simple mensaje por Internet. Tener sus números telefónicos, sus direcciones postales y sus correos electrónicos no me hacía sentirme más unido a ellos. Era una comunión más profunda, mucho más sublime, más espiritual y sólida. Libre de ataduras de espacio y tiempo. No importaba mucho si volvíamos a vernos en esta vida o no. Nos veríamos en la otra, y para toda la eternidad, porque como dijo el Maestro: este mundo está plagado de despedidas, pero el otro, de encuentros. Eran mis amigos, mis hermanos y lo siguen siendo.

No tardó ella en bajar las escaleras que conducían al vestíbulo pequeño y oscuro del hostal. Nada más verme, me abrazó fuerte y sentí toda su energía concentrada en ese abrazo.

Su serenidad me contagió completamente. Abrí la puerta principal y volví a sentir en mi cara la brisa suave y fresca que anunciaba el final de la estación. También esta vez vinieron a mis oídos los trinos desordenados de los pájaros. Busqué con mi vista a Jesús y lo encontré a pocos metros de distancia, sentado en un poyo de piedra, echándoles migas de pan a los pájaros, que picoteaban a pocos centímetros de sus pies. Fue una escena que jamás olvidaré:

Toda la majestad, la divinidad del Hijo del Hombre encerrada en esa sublime sencillez de quien se me reveló en ese instante como el centro del Universo.

Y ese centro poseía una fuerza y un amor hacia la creación tan intensas que se me hacía un milagro imposible de comprender que ese poder ilimitado se concentrase en dar de comer a unos simples gorriones. Pero Dios es así.

No nos atrevimos a acercarnos por miedo a asustar a los pájaros, así que permanecimos unos minutos contemplando la escena, y cuando el Maestro hubo acabado, se acercó a nosotros. Los pájaros echaron a volar con gran algarabía.

Tres horas después, Nini volaba rumbo a casa. El Maestro y yo permanecimos con la vista fijada en el cada vez más diminuto punto en el cielo que tomaba altura, hasta que me dijo:

—Vamos; he de hablarte.

Salimos del aeropuerto en un bus que nos dejó en una parada de las afueras de la ciudad. Era un suburbio tranquilo, un pequeño pueblo cercado por grises polígonos industriales que se extendían por todo el valle. Una interminable alfombra de fábricas que a su vez rodeaba a otros pueblos a los que parecía amenazar con devorarlos. Antiguos pueblos que en tiempos abastecían a la cercana ciudad de productos agrícolas, y que con el desarrollo industrial habían perdido ya la somnolencia y parsimonia típica del mundo rural,  para convertirse en ciudades dormitorio, meras colonias de hormigas humanas en plena producción.

Anduvimos paseando por las calles hasta encontrarnos una pequeña plaza en la que aun quedaban mesas y sillas al aire libre, frente a un modesto bar. Nos sentamos allí a ver pasar la gente mientras tomábamos un café. El maestro, después de unos minutos observando en silencio el ir y venir de las personas que atravesaban la plazoleta, me habló:

—El primer camino, el de Manfred, es el de quien aporta su vida, su alma y todo lo que tiene en su búsqueda de Dios. es el camino de quien lo deja todo y se entrega; el camino de quien no teme dar la vida propia a cambio de salvar otra. Es el sacrificio absoluto y sin medida.

«El segundo camino, el de Nini, es el del trabajo, el esfuerzo. No hay entrega de la voluntad, no hay sacrificio físico como en el de Manfred. Nini no apostará la vida, no se hará pobre entre los pobres como él. No sacrificará su bienestar. Pero trabajando en una oficina con aire acondicionado, cenando en restaurantes caros y alojándose en hoteles lujosos también podrá cambiar la vida de otras personas. Lo importante para Dios, después de la voluntad, son los resultados. Manfred luchará con sus armas, Nini con las suyas.

—¿Cómo será eso? No entiendo que siendo rica, viviendo en el lujo, sin que se la coman los mosquitos, sin pasar hambre, frío y miedo, sin tener que dormir en una estera bajo un techo de cinc lleno de goteras, pueda Nini encontrar a Dios por ese segundo camino. Necesito una explicación urgente, Maestro.

—El plan de Nini requiere que ella viva en el mundo de las finanzas. Entrará en el corazón del egoísmo para abrir un hueco por el que ha de pasar la luz que ilumine una nueva forma de entrega al prójimo. Todo está perfectamente claro para ella. Cuando se unen una mente privilegiada, nacida para llegar muy lejos en los negocios, con un corazón generoso, solidario y noble, como el suyo, el mundo puede asistir a hechos prodigiosos, como los que se dispone a realizar Nini. Lástima que no ocurra más a menudo.

«Pero esto de que te hablo llevará su tiempo. Su plan requiere muchos años de trabajo en la sombra, en silencio, y sólo cuando llegue el momento, cuando ella tenga las herramientas apropiadas, el poder necesario, temblarán muchos, porque verán que su egoísmo, su codicia y su ambición serán su perdición. Ganará enemigos, y no pocos verán cómo Nini puede emular el milagro de los panes y los peces usando calculadora.

—Pero eso es la cuadratura del círculo. El capitalismo no permite esos juegos malabares.

—Entonces el círculo también será cuadrado. Pero te lo explicaré para que lo comprendas: Cuando Nini regrese, volverá a la multinacional en la que estuvo trabajando. Allí pasará unos años, creciendo profesionalmente y labrándose un prestigio como economista que le permitirá un buen día entrar en el consejo de administración y ser accionista.

«Durante esos años, conocerá y se rodeará de personas importantes, así logrará tener apoyos y simpatías de gente que quisiera dar sentido a sus vidas más allá del éxito profesional y económico; incluso persuadirá a quienes hartos de conseguirlo todo en el mundo económico, su vanidad les hará desear pasar a la posteridad como algo más que simples acumuladores de dinero más o menos hábiles. Bastará convencer de ello a tres o cuatro de los cien hombres y mujeres más ricos del planeta.

«Y cuando llegue el momento, hará cosas nunca vistas. Ella se revelará como una líder en lo empresarial y en lo humano, pero no se detendrá a realizar labores sociales hasta que llegue el momento. Invertirá años de su vida, trabajo, esfuerzo y dedicación en lograr llegar a la cúspide.

«Cuando posea el suficiente poder económico, comenzará su revolución. Entonces se demostrará que la ética, el sentido común, la verdadera moral humana, la solidaridad y los principios de la Ley de Dios son perfectamente compatibles con las finanzas. Ella y las personas que le sigan, trabajarán con un código ético que comienza por no acumular riquezas más allá de lo inmoral.

«A partir de ahí, los beneficios que obtendrá con sus negocios no irán al principio destinados a proyectos sociales. Sencillamente, servirán para poner en marcha otros negocios que tendrán relación con los primeros. Al principio, las ganancias de una empresa servirán para crear otra, que tendrá relación con la anterior y con la meta que se persigue, como fabricando eslabones de una cadena.

«Esos eslabones no irán en una sola dirección, sino que se unirán a otros formando una tela de araña económica que a su vez, actuará en los proyectos de destino, entendiéndolos no como proyectos humanos solamente, sino también empresariales.

«Con ella llegará el día en que las estrategias de marketing no se encaminen a lograr beneficios, a competir por cuotas de mercado o extender los negocios cada vez más lejos, sino a la consecución de objetivos solidarios y humanos; lograr que la riqueza crezca y se expanda donde más falta haga.

«Y también llegarán con Nini los días en que la publicidad y la imagen de una empresa no será desarrollada por los creativos publicitarios ni por mentalidades voraces y agresivas, sino que nacerá del corazón de hombres sabios. Entonces, el comercio justo será realmente justo para todos. Nadie pagará más por comprar bienes que vendidos con la etiqueta de comercio justo soportan un sobreprecio, sino que al contrario, serán competitivos porque no estarán destinados a hacer más rico al rico.

«A través de esa cadena que te hablo, circulará el dinero sin detenerse para alimentar ninguna codicia, como circula el río que no es embalsado ni desviado de su cauce. Será entonces cuando podrás olvidarte de dar limosna, y podrás tener la certeza de que tu consumo no engorda fortunas. Podrás sentir que participas en la última revolución, la definitiva, la silenciosa.

—Dices que Nini ganará enemigos y que la ambición y el egoísmo de muchos será su perdición...

—Cuando se ponga en marcha la primera parte de su plan, seguirá una reacción en cadena. Cuando la solidaridad no conlleve sacrificio económico, cuando puedas elegir entre hacer más rica y poderosa a una minoría o participar sin esfuerzo en esa revolución silenciosa, tú y otros cientos, miles, millones como tú, abriréis la caja de los truenos. Aumentarán los beneficios, aumentarán los proyectos, se alimentará el fuego en corazones donde sólo alumbra una pequeña llama y la primera utopía posible de la historia de la humanidad alcanzará proporciones jamás imaginadas.

«Entonces a los competidores de Nini les quedarán dos alternativas: Copiar su ejemplo, sumarse a esa revolución, participar con sus propios proyectos compitiendo sólo por objetivos humanos y solidarios, o bien ver cómo su egoísmo los aísla hasta hacerlos desaparecer.

«Quienes se resistan obcecados en su sed de poseer más y más, como ha sido hasta ahora, verán que su avaricia los destruye. Y aunque se confabularán para destruir a Nini, ya será demasiado tarde, porque la semilla ya habrá germinado y dado abundante fruto, que a su vez se extenderá por el mundo para multiplicarse.

—La primera utopía realizable de la historia de la humanidad; la última revolución, la revolución silenciosa... ¿Le dijiste a Nini todo esto que ha de hacer?

—No. Es algo que ella sola ha pensado. Por eso dijo que tenía trabajo que hacer.

—Pero es un trabajo más importante que el de Manfred, ¿no?

—Dios no compara tal como lo hacen los hombres. No son necesarias las comparaciones con otros, sino con uno mismo. Puedes comparar lo que fuiste, lo que eres y lo que serás, pero contigo mismo. El futuro de Nini y Manfred no es el mismo. Recuerda que tu camino hacia Dios es algo tan personal que no admite comparación con los de otras personas.

Capítulo XVIII: Manfred

Escrito por lahuellaylapalabra 19-05-2011 en General. Comentarios (0)

Capítulo XVIII

Manfred

 

 

 

Durante los últimos días de nuestro viaje, el Maestro y Manfred solían ausentarse con cierta frecuencia. Nini y yo nos preguntábamos a menudo cuál sería el motivo. No nos parecía que el Maestro hubiese escogido a uno de nosotros como favorito, como alguien más cercano a Él, sino que sentíamos como si Manfred soportase una gran losa en su alma y Jesús le acompañara en los momentos en los que el peso de aquella se hacía insoportable para el discípulo.

Nini y yo tratábamos de ser prudentes y no preguntar aquello que no nos concernía. Sabíamos que nuestro amigo necesitaba consuelo y apoyo, pero para eso ya había alguien infinitamente mejor que nosotros dos.

No obstante, llegaría el momento en que se nos desvelaría su realidad, pero durante aquellos días, mi condiscípula y yo no supimos ver que Manfred había comenzado a despedirse de nosotros con pequeños pero significativos gestos que no asociamos con el desenlace que se acercaba inexorablemente.

Siempre, durante el tiempo que duró mi experiencia, sentí que la compañía del Maestro tarde o temprano llegaría a su fin, pero no me planteé que los lazos de amistad que tendí con mis dos compañeros fueran a romperse jamás, y mucho menos antes del final de nuestro viaje.

Ahora, en la soledad de mi escritorio, me siento mezquino por haber estado todo aquel tiempo tan pendiente de aprovechar y disfrutar la compañía de Jesús, considerando la de Manfred y Nini como una especie de segundo plato, habida cuenta de que el Maestro nos estaba enseñando en todo momento la importancia de darnos al prójimo como Él se había dado a nosotros.

Aunque El Maestro nos había dicho muchas veces que la eternidad no avisa y, que debemos vivir cada momento sabiendo que puede no repetirse jamás, se acercaba el final del camino del discípulo Manfred y no presté atención a sus señales..

Cada que mi mirada se cruzaba con sus ojos azules detrás de los cristales de sus lentes, él se estaba despidiendo silenciosamente, y yo no lo sabía... esa fue la lección. Y ya está aprendida.

Una tarde le pregunté la hora. Mi reloj se había quedado sin pila. Se quitó el suyo y me lo entregó.

—Éste no se te quedará parado nunca si lo llevas puesto. Es automático —me dijo al tiempo que me sonreía y me lo entregaba.

—Pero es un Longines de oro. Es carísimo. ¿cómo te vas a desprender de algo tan valioso?

—Para desprenderme de un reloj valioso, sólo necesito dos cosas: un amigo valioso, y que su reloj no lo sea.

—Me dejas sin palabras, compañero. No tengo nada de tanto valor para corresponderte, pero te aseguro que cada que mire la hora, me acordaré de ti —dije casi como chanza.

—Puedes darme tu reloj. Ya no lo necesitas.

—¡Pero si es una papa! No vale ni el precio de una pila nueva.

—Vale lo que este momento valga en nuestra memoria respondió con una sonrisa.

Me quedé mirándolo fijamente. Su respuesta me desorientó. Pensé que lo que yo había aprendido en teoría durante esas semanas, él ya lo estaba poniendo en práctica. Mi amigo me llevaba ventaja. Le entregué mi reloj y se lo puso en la muñeca. Lo miró largo rato y me dijo:

—Será toda una papa, pero es bonito.

Recordando esa escena, se me hace aun un nudo en la garganta. Mientras escribo, su hermoso Longines luce en mi muñeca y en cada movimiento de su segundero me parece sentir que la proximidad de mi amigo. Hizo un buen regalo para ser recordado, y no me refiero al valor económico...

Aquella escena fue observada por Nini y el Maestro con suma atención, pero no dijeron nada.

Por entonces, nos encontrábamos cerca de la tierra natal de Manfred, y él quiso agasajarnos con una cena por todo lo alto. Después de haber viajado por diferentes lugares —algunos de ellos muy distintos a lo que estábamos acostumbrados—, Manfred se sentía como pez en el agua, familiarizado con todo lo que nos rodeaba, y tomó en ocasiones el relevo del Maestro en la tarea de explicarnos todo lo que íbamos descubriendo alrededor nuestro.

Así pues, llegados a una pintoresca y pequeña población del Tirol, y siendo ya la hora de cenar, nos invitó a un restaurante instalado en un viejo y señorial caserón que, según él, era famoso en toda la región. El lugar era realmente agradable; los comensales hablaban a bajo volumen, y en el ambiente flotaba música clásica: distintos movimientos y fragmentos escogidos con muy buen gusto de obras de Beethoven y Mozart, piezas de Weber, Schubert... casi todo era música de autores alemanes y austriacos.

Nini preguntó a Manfred si también había música de compositores de otros países.

—Sí —respondió Manfred—. El criterio es el siguiente: Se escucha música de autores que de algún modo, se sabe que estuvieron vinculados a la región. No necesariamente tienen que ser nacionales; basta con que hayan estado alguna vez en este lugar. Así, la idea consiste en que cuando miras por los ventanales el valle y las montañas, puedes contemplar los mismos paisajes que alguna vez en el pasado, también contempló el autor cuya música estás escuchando en ese momento.

A la hora de escoger el menú, Manfred, como anfitrión apeló a su derecho a elegir por nosotros, y nos mandó traer lo que le pareció que debíamos probar. No hubo carnes, porque para entonces, los discípulos ya podíamos considerarnos vegetarianos en un noventa por ciento —el otro diez por ciento era más bien descuido a la hora de comer—, y el Maestro tenía las cosas meridianamente claras al respecto.

Llegaron los postres en animada conversación y Manfred parecía feliz. sin embargo, de pronto, su semblante se tornó serio y nos dijo que tenía algo que decirnos.

—No sabía cómo decíroslo —nos dijo mirándonos a Nini y a mí—, pero esta cena es una despedida. Mañana me voy.

Nos quedamos petrificados por la noticia inesperada. Le preguntamos al unísono el porqué.

—Mi camino era hasta aquí.

—Pero si nosotros seguimos con el Maestro, ¿por qué te vas antes de que acabe?

—No todos los caminos tienen la misma longitud. El mío es un poco más corto que el vuestro.

Yo me había hecho a la idea desde el primer momento que, así como los tres comenzamos a seguir a Jesús prácticamente desde el mismo día, también llegado el final del viaje, nos despediríamos más o menos a la vez. Pero no iba a ser así y yo no entendía el porqué. Sin embargo, a partir de ese preciso instante en que Manfred anunció su partida, todo lo que viví junto a Nini y el Maestro, ya anunciaba que aquella maravillosa experiencia que yo estaba viviendo tocaba a su fin, como cuando el verano comienza a envejecer y un día el ambiente, la luz, los olores, en definitiva, todo lo que uno percibe a su alrededor, anuncia que el otoño está a la vuelta de la esquina. Así lo sentí yo desde ese momento: un constante final de verano dentro de mi ser que no cesaba de recordarme que aquellos días estaban llegando a su fin.

Manfred se quitó una cadenita con una medalla de oro que llevaba al cuello, y se la entregó a Nini.

—Fue de mi madre. Ahora es tuya —le dijo, alargándosela.

Nini abrió los ojos, la tomó en la mano, la contempló durante unos segundos, pasó alrededor de la cabeza la cadena y se la colocó en el cuello. Volvió a tomar la medalla con la mano y siguió observándola por las dos caras sin despegar los labios. Al cabo de un prolongado silencio, habló:

—Esto no me gusta. Me huele a despedida grave; a adiós definitivo y para siempre.

—Ningún adiós es para siempre cuando entre las personas hay un lazo de afecto —respondió Jesús, que hasta entonces había permanecido en silencio.

—Pero no me gusta. Esto se me está antojando como un adiós para siempre en esta vida. No hablo de la otra —contestó ella con el ceño fruncido—. Te estás desprendiendo de cosas valiosas y eso significa que no te vamos a ver más. Ya sólo falta que regales tus lentes.

Manfred sonrió.

—¿Es un adiós para siempre en esta vida o un hasta pronto? —preguntó Nini con cara muy seria, mirando de reojo y muy intensamente a Manfred mientras aun sostenía la medallita en la palma de su mano. Manfred miró al Maestro, esperando que Él contestase.

—No olvides que existe un último momento —intervino de nuevo Jesús—; un último latido del corazón que llega irremisiblemente casi siempre sin avisar. Mientras no sepas que ha llegado tu hora o la de los que te rodean, vive con plenitud pero sin olvidar que la mayoría de las personas sois llamadas sin avisar.

—Esa respuesta no me aclara nada, Maestro —protestó Nini. Es más, me preocupa que digas eso justo en este momento.

—Si no satisface tu pregunta, no es culpa de mi respuesta. Va siendo tiempo de que separes tus certidumbres de tus incertidumbres; lo que está al alcance de tu saber de lo que la vida te oculta. Recuerda lo que os he enseñado y comprenderás que lo que pides es que se te resuelva aquello que tú debes resolver.

Nini no quedó satisfecha con la explicación del Maestro. Ni yo tampoco, pero era nuestra natural tendencia a que, si estábamos con alguien que conocía las respuestas a muchas interrogantes, nos las diera; porque sí. No queríamos aun aprender la lección, sino de algún modo, jugar con ventaja. Pero esa lección no era dura; sino que dura era nuestra resistencia a aceptar las reglas del juego de la vida.

—Manfred, ¿podemos acompañarte al menos un tramo del viaje a tu casa? —pregunté.

—Me gustaría mucho, pero eso es prolongar la despedida innecesariamente. Os agradezco que queráis acompañarme, pero es mejor así, de un trago.

El asunto quedó zanjado. En el ambiente de aquella noche quedó flotando la nostalgia del tiempo vivido, que ya empezaba a ser historia, y la tristeza de la pronta ausencia del compañero y amigo.

De los tres, sólo quien primero había de irse parecía más animado. Yo no comprendía por qué Manfred no estaba, o no aparentaba estar tan triste por separarse. Hablando al día siguiente con Nini, ella me comentó que sintió como si Manfred se estuviera desligando con alegría; como si estuviera aligerando equipaje al marcharse. No iba desencaminada...

La pregunta tenía que llegar tarde o temprano, y ése era el momento propicio para formularla:

—Entonces, Maestro, ¿cuándo nos iremos los demás? —inquirí.

—Cuando sintáis que ha llegado el momento. No seré Yo quien os diga cuándo debéis volver a vuestras casas, sino vosotros mismos. El día no está lejos.

Fue como un jarro de agua fría para mí. No me había planteado que me quedara poco tiempo junto al Maestro, pero era lógico que aquella experiencia a su lado algún día acabaría. Lo que ni remotamente me había planteado era que yo me alejase por mi propia voluntad. Pensé que lo lógico era que el Maestro dijera cuándo había que irse.

—¿Quieres decir que cada uno de nosotros se irá cuando lo decidamos? ¿No eres tú quien nos dirá “hasta aquí me habéis acompañado. Ahora, volved a casa”? —continué preguntando.

—Sí. Cuando comprendáis que ha llegado el momento. Yo no os echaré de mi lado. El verdadero maestro es aquél que también enseña a su discípulo a reconocer el momento de echar a volar por sí solo.

Yo no estaba convencido del todo. Tal vez fuera la primera vez desde que le conocí que no me convencían sus palabras, pero también para entonces ya sabía que si algo de lo que Él dijera no me gustaba, era porque aun no estaba preparado para asimilarlo. El problema estaba en mí.

Pregunté a Manfred qué planes tenía para su futuro inmediato. Me contestó que de momento se limitaría a dejarse llevar por el paso de las horas mientras regresaba a su pueblo, y que pronto saldría de nuevo a realizar el camino que había escogido. Creí comprender y no quise indagar más.

Después de cenar, se levantó y buscó al camarero que nos había servido. A los pocos minutos, apareció éste con una botella de Zubrowka y cuatro vasitos. Brindamos con aquel aromático licor por él, por los caminos que habría de recorrer y por el encuentro, que tarde o temprano habrá de producirse en el futuro. Poco después nos fuimos a dormir a nuestras habitaciones del pequeño hotel de estilo tirolés donde nos alojábamos. Caí en un profundo sueño, tan denso y espeso que por la mañana me costó mucho despegar los ojos.

Bajé temprano a la puerta del albergue y enseguida vi la mochila del amigo que estaba a punto de dejarnos, apoyada en la pared del caserón. Puse la mía al lado y miré la hora. Era muy temprano y el único sonido que se percibía era el murmullo del agua de una pequeña fuente cercana y el canto virtuoso de un ruiseñor que llegaba desde lo profundo del bosque.

Manfred apareció sonriente, con esa sonrisa profunda, cálida e inocente que le caracterizaba. Con él, se encontraba el Maestro. Hablamos unos minutos hasta que bajó Nini.

Caminamos unas calles en dirección a la parada del autobús en silencio. Hacía algo de frío y todo lo que me rodeaba me empezaba a resultar nostálgico, como si ese amanecer estuviera anunciando el final no sólo del verano, sino de un tiempo imborrable. Claro que en realidad, así era.

Durante el corto trayecto hacia la parada, en mitad de ese profundo silencio, pensé que Manfred no sentía apego a nosotros. Tal vez no se había encariñado con sus compañeros de viaje. Incluso quizá tampoco con Jesús. Me sentía en el fondo bastante dolido, decepcionado porque yo sí sentía un verdadero aprecio por él y por Nini.

Sin embargo, aunque me pregunté por los motivos tan poderosos que Manfred tendría para marcharse antes que los demás, no se me ocurrió pensar que para él no era fácil despedirse. No pensé que él había concluido su aprendizaje y su experiencia junto a Jesús antes que yo; y que, de no haber aprendido a dejar atrás a los amigos con la serenidad de un espíritu en paz, su despedida pudiera haber sido un cáliz más amargo para él que para nosotros.

Ni mucho menos se me pasó por la mente algo fundamental: que aquel amigo se alejaba físicamente, pero la alegría y la serenidad de su sonrisa no eran sino la muestra fehaciente de su confianza en su Maestro. Ni Nini ni yo habíamos aprendido aún esa lección. Era natural que Manfred se fuera contento. Su fe era infinitamente superior a la mía.

Comencé a pensar en todo esto en el momento en que, una vez llegados a la parada, el autobús apareció a lo lejos y al despedirse de mí, Manfred me abrazó. Fue entonces cuando comprendí que su amor por sus compañeros de viaje estaba concentrado en aquel abrazo, que fue como una descarga de fuerza, energía pura: aquella energía que es la más poderosa que el hombre puede crear.

Después de abrazar a Nini, quien se apresuró a restregarse los ojos para impedir que le resbalaran las lágrimas por las mejillas, se acercó a Jesús y se arrodilló. El Maestro puso su mano derecha sobre la cabeza de Manfred durante un par de segundos. Luego, con el índice dibujó una cruz en el aire y, asiéndolo suavemente por los antebrazos, le ayudó a incorporarse.

Manfred subió al autobús sin mirar atrás y las lágrimas de Nini brotaron libres.

Capítulo XVII: Entrevista

Escrito por lahuellaylapalabra 19-05-2011 en General. Comentarios (0)

Capítulo XVII

Entrevista

 

 

 

—¿Desde cuándo viajas por el mundo?

—Desde mi Resurrección.

—¿Y dónde has estado desde entonces?

—En todos los lugares donde hay vida.

—¿Y qué hacías?

—Caminar, observar, trabajar... siempre entre vosotros.

—¿Por qué sigues aun aquí en ese peregrinaje eterno por este mundo? ¿Qué buscas aquí?

—Sigo aquí porque el amor a mis hermanos es mayor de lo que ni el hombre más sabio y bondadoso pudiera llegar a imaginar. Camino entre los hombres y mujeres que imploran mi Santo Nombre. Y a pesar de que no me ven, e incluso dudan de mi presencia en los momentos más oscuros de sus vidas, siempre estoy. Reniegan de Mí los padres cuando no salvo la vida de sus hijos, porque no saben que es en la otra vida donde son salvados. Cree el enfermo que lo he abandonado, sin saber que comparte su cruz conmigo. Llora el moribundo por mi silencio sin comprender que estoy al pie de su cama, esperando el último latido de su corazón para llevarlo de la mano ante el Padre. Tampoco estoy aquí para buscar algo, sino para que quien me busca, me encuentre. No vine para ser servido, sino para servir.

—Aparte de viajar por este mundo de forma física, ¿has estado aquí en la Tierra observándonos en lugares y momentos concretos?

—Siempre. Física o espiritualmente, mi presencia es constante en los momentos más duros de la humanidad en general, pero también cuando el último de mis hermanos ha implorado Mi consuelo. Cuando un niño cuya alma aun es blanca, o cuando un hombre justo ve llegar la muerte y su último pensamiento es para Mí, cuando un ser humano ya no tiene esperanzas y sólo pide Mi mano para cruzar el umbral de la muerte, Yo estoy presente.

«Durante los últimos momentos de la vida de quien se sabe condenado a morir; de quien no volverá a ver el sol; de que jamás volverá a casa; del extranjero que agoniza lejos de sus seres queridos, de la madre y el padre que no volverán a ver a sus hijos, y los hijos que no verán más a sus padres; del enfermo terminal cuyos pies no sentirán el suelo; del obrero que ya no vivirá para descansar de su jornada; del anciano que se apagará antes de que nazca el día... durante todos esos momentos, cuando imploran a Dios que les ayude a morir aquí para nacer más allá de este mundo, allí estoy Yo, con mis manos y mis pies atravesados, con mi costado herido, con mi corona de espinas, y con mi infinito amor por ellos, mis hermanos, mi ejército.

—¿Y hasta cuándo seguirás caminando?

—Hasta que el último de los hijos del Padre pronuncie mi Nombre.

—¿Qué futuro le espera a la humanidad?

—El futuro son caminos trazados en el aire. Puede que un día, todos los países sean ricos, o bien pobres. Puede que haya una docena de guerras mundiales y mil guerras civiles, o puede ser que las naciones convivan en paz. No depende de Dios; tú ya has comprendido el porqué. Depende de vosotros, de ti, de tus hijos y tus nietos.

—¿Y el futuro inmediato? ¿Puedes decirme algo?

—No está escrito el futuro en sí, como algo inamovible. Están escritas las consecuencias de los actos del hombre; pero te diré que antes de que la paz se extienda, han de extenderse epidemias, guerras y catástrofes. Es mucho el sufrimiento que aun aguarda al hombre.

«Podréis culpar a mi Padre de las catástrofes naturales que sesgarán miles de vidas en los lugares más pobres y miserables del planeta, porque aun no sabéis que Dios puede llevarse a una o a cien mil personas de repente, y el número no significa nada, porque nadie es eterno aquí en la Tierra. Todos habéis de abandonar este mundo, porque estáis de paso. Y culparéis a Dios porque aun no comprendéis eso, sin deteneros a pensar que escrito está que los justos y humildes son llamados a la mesa del Padre; uno a uno, o por millares.

«Pero no podréis culpar a Dios de los actos que vosotros mismos cometéis a causa de vuestra mezquindad, egoísmo y avaricia, de vuestra ambición por el poder y los bienes terrenales y, mientras no encontréis un espejo que os devuelva la verdadera imagen de vuestra alma, este mundo seguirá como es; a veces mejor, a veces peor. Pero el camino está dibujado en el aire, y es de vosotros de quienes depende dibujarlo en la tierra.

—¿No crees que poner la otra mejilla es perder la dignidad y no hacerse respetar?

—El hombre ignorante manipula a su antojo el conocimiento. Lo que Dios te pide es que si tu enemigo te abofetea, devuelvas bien por mal, no que te dejes abofetear otra vez. Y si no eres capaz de devolver bien por mal, porque no eres un hombre santo, sé justo y sincero contigo y con tu Dios; limítate a no devolver ojo por ojo. No justifiques la venganza por la dignidad, ni confundas dignidad con orgullo.

—¿Existe la reencarnación?

—No es por azar que el hombre desconoce los secretos de la Creación, sino por el propio bien de su alma. Si Yo te digo: vive cada día de tu vida como si fuera el último, ¿por qué me preguntas si hay más vidas?

—¿Qué es el azar?

—No se cae una hoja de un árbol sin la voluntad de Dios. El azar es una más de la muchas leyes que rigen la Creación, y por tanto, también la casualidad se subordina a la voluntad del Padre, que no al capricho, como muchos quieren ver. La ley de probabilidades está sometida a los designios de Dios para con cada una de sus criaturas.

—Entonces, si un hombre tira una maceta por la ventana y deja que sea Dios quien permita que sea por casualidad que no caiga sobre alguien...

—El hombre que desafía a Dios se condena a sí mismo. Quien se eleva hinchado por su soberbia, acaba aplastado por su indignidad.

—Si dices que Dios está detrás de la ley de probabilidades, del azar, de la casualidad; si todo obedece a su voluntad, ¿en qué consiste el libre albedrío? ¿somos marionetas?

—Un ratón en un laberinto tiene la libertad de escoger el camino que le lleva al queso. Su libre albedrío le permite decidir, para equivocarse o acertar. La vida consiste en esto mismo: Dios os ha puesto en este mundo para vivir conforme a un único propósito: reuniros con Él en el Cielo. Una vida fácil y regalada, si no es útil al prójimo, tampoco lo será para vosotros, y os alejará del camino hacia vuestro Padre. Una vida dura y cruel, aunque no sea útil para nadie, puede serlo para la salvación de tu alma, porque el dolor purifica. Tanto si un hombre o mujer puede elegir la clase de vida que tiene, como si no, siempre tiene la posibilidad de decidir si quiere llegar a Dios, incluso aunque jamás haya oído hablar de Él. Ésta es la única libertad que tenéis durante toda vuestra vida: acercaros o alejaros de vuestro Dios.

—Si ocurre un accidente en el que una persona salva la vida por poco, y otra muere, ¿significa que Dios cuida más de uno que de otro? Y si es así, ¿por qué?

—Lo que aquí parece torcido, al otro lado es recto. Un ser humano no muere porque Dios lo abandone, sino porque es llamado a Su Presencia.

—Pero, ¿si yo rezo para que Dios me proteja en un viaje, por ejemplo, pero sufro un accidente...?

—Dios te ha llamado.

—Entonces, ¿qué valor tenían mis oraciones? ¿acaso sirvieron para algo?

—Sirvieron para mucho más que salvar tu vida terrenal.

—Pero yo pedía otra cosa... ¿no fuiste tú quien dijo: “Pedid y se os dará”?

—Pedid y se os dará según la Voluntad de vuestro Padre, no la de cada uno. También fui Yo quien dijo: “hágase tu voluntad, mas no la mía”.

—¿Dios quiere que seamos felices?

—Cada cual tiene su propio concepto de la felicidad, y en muchos casos, es erróneo. Para unos, la felicidad son instantes fugaces; para otros es algo que no existe, puesto que ellos nunca lo han experimentado. La mayoría de las personas asocian la felicidad al bienestar propio y de sus allegados. Sin embargo, para unos pocos, la felicidad personal no es importante. También hay quien la confunde con la alegría. Vuestra visión varía en función de cada cual, de sus circunstancias y las que le rodean, y en general, la felicidad es lo que más anheláis en la vida.

«Pero para Dios, así como para algunos hombres sabios, las cosas son distintas. Para Dios, la felicidad y la riqueza son parecidas. Ser feliz es muy similar a ser rico; por tanto, si quieres agradar al Creador con tu felicidad, tu alegría o tu satisfacción, mira bien de dónde proceden, no sea que descansen sobre la desgracia de otros, y mira bien de repartirlas entre los necesitados de ellas. Ser afortunado, dichoso, tener un don o talento, ser rico... no es lo que agrada o desagrada a Dios, sino el uso que le dais. Pero la verdadera felicidad, la que no atisbáis siquiera a imaginar está en otro mundo, no en éste. Recuerda el ejemplo que te puse antes: Así como el ratón sólo encuentra el queso al final del laberinto, en éste mundo no encontraréis la dicha absoluta, sino el camino hacia ella.

—Has nombrado los dones. Hay personas que supuestamente poseen el don de la sanación, pero ¿los curanderos están obligados a servir gratuitamente a los demás?

—Tú lo has dicho. Todo aquel que ha recibido un don divino, está obligado a ponerlo al servicio de su prójimo, porque ésa es la razón por la que lo recibe, y no otra.

—Por lo tanto, quienes hacen de estos dones una forma de vida, incurren en pecado, ¿no?

—Como en casi todo, no es ni blanco ni negro. Si tus manos curan, debes hacerlas trabajar por amor a la humanidad, pero no pretendas hacerte rico con ellas. No mercadees con los dones sagrados que te han sido entregados.

«Es justo, sin embargo, que si una persona trabaja desinteresadamente durante todo el día, reciba una compensación. Si trabaja para su prójimo, y no tiene más fuente de ingresos, es justo y lógico que reciba de las personas a quienes ayuda, no sólo palabras de gratitud. Es entonces de quienes han sido curados con ese don, la responsabilidad de compensar en conciencia por el bien recibido. Nadie debe aprovecharse de lo que le es otorgado en Gracia por Dios, porque si la ingratitud es una ofensa entre los hombres, tanto más lo es para con Dios.

—Eso nos lleva a hablar sobre los farsantes, los charlatanes que se aprovechan de las personas necesitadas.

—Aquel que se beneficia más allá de sus necesidades con un don de Dios; aquel falso sanador, el vidente que especula con las tribulaciones ajenas, el curandero que medra en el dolor de otros, el mago que miente aun siendo para comer... todos ellos, cuando tengan necesidad de dirigir sus almas hacia la Luz, verán cómo otros les confunden, les mienten, les engañan, les exigen lo que no tendrán ya, se burlan de ellos. Si no comprenden por bien aquí en la Tierra, comprenderán por mal allá al otro lado.

—La prostitución...

—Nadie juzgue a nadie. De lo que cada persona hace con su cuerpo, sólo corresponde al Creador pedir cuentas. Ya sabéis que quien esté libre de pecado, podrá tirar la primera piedra, pero debéis saber que precisamente quien no tiene pecados, jamás la lanzará.

—La ciencia. ¿Es posible creer en Dios, llegarlo a sentir a través de una mente racional y científica?

—Sí, claro. A la ciencia siempre le falta una pregunta: “¿Por qué?” Se profundiza en el conocimiento, se suceden los descubrimientos, las investigaciones avanzan imparables, pero siempre habrá una pregunta sin responder: la pregunta inicial; y la respuesta es el origen de todo: Dios. Detrás de la evolución de las especies, detrás de la vida de una célula, más allá de lo que el más potente telescopio puede atisbar, está Dios.

«Una hormiga en Nueva York no es nada, pero en su pequeñez, de tener raciocinio, no podría negar la obra del hombre.

«Si un hombre que contempla las estrellas es infinitamente más insignificante ante la inmensidad del universo, ¿cómo puede negar la existencia de una inteligencia suprema capaz de crear todo lo que le rodea?

«Quien piensa que todo está hecho por azar, no encontrará en mil años que viva una explicación de qué es el azar; pero basta un segundo para comprender que ese azar es parte del plan de Dios.

«Los hombres buscan el origen de la creación, esperando, o bien demostrar que Dios no existe, o bien toparse con Él por sorpresa. Pero aquellos que saben que el Todopoderoso está tras todas las cosas, saben que cada investigación, cada descubrimiento no hace sino acercarles al único origen posible de la vida en el universo. Os debería bastar con observar esa hormiga o la vía láctea para ver la mano del Supremo.

—¿Cuáles son los pecados más graves?

—Todos aquellos que se cometen con intención de dañar al prójimo, son graves, pero más les valdría no haber nacido jamás a los asesinos, los inductores y cómplices, quienes destruyen infancias, los que roban el pan del necesitado para cubrirse de lujo, los que disfrutan morbosamente del sufrimiento ajeno, los que dejan entrar hasta el fondo de sus mentes las aberraciones sexuales... todos aquellos que abrieron sus almas para ser invadidas por la peor ralea de demonios. Si ellos supieran lo que les deparan sus actos al otro lado de la muerte, absolutamente ninguno se atrevería tan siquiera a imaginarlos.

—¿Descendemos de Adán y Eva o del mono? ¿A quién hay que creer? ¿Darwin o la Biblia?

—No es cuestión de creer, sino de aprender a discernir. No son dos teorías opuestas, porque una es descubrimiento y la otra, metáfora. Una explica el origen físico de las especies que habitan este mundo, y otra el origen de las almas de los hombres. Ambas pertenecen a la obra de Dios. no se oponen, sino que se complementan.

—¿Y cuál es esa metáfora que encierra el pasaje de Adán y Eva? ¿Cuál es la enseñanza que debemos tomar?

—Lo primero es entender que en ese pasaje de la Biblia se esconden los principales pecados del hombre: soberbia, egoísmo, desobediencia, sed de poder... y sobre todos ellos, destaca por encima la traición. El hombre sucumbe ante la tentación del Mal y se rebela contra el Bien que le da la existencia. Esto es algo que la humanidad viene haciendo desde que fue creada. Y antes del hombre, también lo hizo un ángel.

«La traición está presente desde el albor de los tiempos. Estáis expuestos a ella desde que tenéis uso de razón hasta que abandonáis este mundo, y mientras Yo hablo contigo, miles de personas la están practicando como forma de vida y como base de sus principios cotidianos. Todo pecado conlleva implícitamente la traición a Dios. Ésta es la enseñanza.

—¿Es perdonable el traidor a Dios o a su prójimo?

—Depende del mismo pecador. Jamás se perdona un pecado sin el verdadero arrepentimiento.

—¿Por qué la gran mayoría de los cristianos siguen negándole el perdón a Judas Iscariote a través de los siglos?

—Y aún creéis que escupiendo sobre su nombre me agradáis...

—¿La homosexualidad es pecado?

—¿Es virtud la heterosexualidad? El pecado no anida en la orientación sexual de cada ser humano, sino en su orientación espiritual, en su mente y en sus actos.

—¿Qué es el amor?

—Una sola palabra con la que definís demasiadas cosas que nada tienen que ver; con la que justificáis egoísmos, aberraciones y perversidades. Una palabra con la que a menudo llenáis la boca, dictáis sentencia y os apropiáis de ella, para imponer sobre otros la interpretación más acomodada a vuestra propia mezquindad, jugando a consideraros expertos en la materia. Sin embargo, intenta evitar caer en todo lo que acabo de decirte y no necesitarás preguntarme qué es el amor, porque ya lo habrás comprendido.

—¿Por qué no podemos saber de modo fehaciente lo que hay al otro lado de la muerte? Todos conocemos más o menos a alguien que dijo que cuando muriese, vendría a avisarnos de lo que hay al otro lado, pero nadie vuelve a decirnos qué hay.

—Todo está escrito. No hay que buscar más. A Dios no le queda un cabo por atar. Si no vuelve nadie del otro mundo a contarte cómo es aquello, es porque Dios ha dispuesto que debe ser así, y sus razones tiene.

«Si los hombres supieran lo que hay al otro lado de esta vida con absoluta certeza, ¿cuántos de ellos realmente sabrían hacer buen provecho de ello? La inmensa mayoría haría lo que le conviniera según su egoísmo. Sólo unos pocos harían un uso sabio y justo de esa información. Pues bien, esos pocos son precisamente los que no necesitan que venga nadie del otro mundo a contarles si existe realmente el más allá y cómo es. Para darle sentido a tu existencia, para caminar hacia Dios, no necesitas saber más de lo que ya sabes.

—Y ese más allá, que para nuestra cultura cristiana comenzaría con un túnel, una luz, un sentimiento de paz y amor, según atestiguan personas que han estado en el umbral de la muerte, ¿presenta semejanza con el que podría ser el principio de la otra vida para musulmanes, hinduistas u otras religiones?

—La luz, el amor y la paz que sintieron algunas personas que han pasado por experiencias cercanas a la muerte, son comunes para todos los hijos de Dios, independientemente de su religión. Incluso si no creen en el Padre. Incluso también para quienes ni siquiera han oído hablar de Él. Porque Dios es Uno, aunque los hombres lo busquen por caminos diferentes y le llamen con otro nombre; incluso no crean o no hayan oído hablar del Creador.

«Hasta el más primitivo ser humano aislado en un rincón de la impenetrable selva, es recibido al comienzo de su otra vida por el Amor del Padre. Basta con ser una criatura con alma para que ello ocurra.

«Sin embargo, el ateo no comprende cómo sigue viendo, pensando, sintiendo, observando que existe vida donde él antes juraba que sólo habría lugar para la nada.

«El avaro, que vive apegado al mundo material, se niega a seguir su camino, se obceca en permanecer aquí, incluso aunque comprenda que no puede tocar los objetos que en vida le pertenecían. El indio que vivía en lo más profundo de la selva, despierta al otro lado y siente que la Naturaleza lo envuelve con amor, y esa naturaleza es su visión de Dios, porque Dios es el Todo Absoluto.

«La mente se expande, los sentidos se agudizan y el alma ocupa el espacio que le corresponde. Entonces está la Verdad. Todo es comprendido, todo es sabido. Quien ama, siente el amor multiplicado hasta lo inverosímil. Quien odia, siente la hiel dentro de sí mismo. Quien contrajo deudas de toda clase en este mundo, le son presentadas una por una, hasta la más pequeña, al nacer en la Eternidad. Quien no es digno del Amor que recibe, llora sin consuelo. Después, cada quién habrá de marchar por el camino que él mismo se haya labrado en esta vida, en este soplo de tiempo tan corto pero tan importante.